El peligro de decir “te quiero”

En nuestro idioma son dos palabras. En el resto suele tener tres, pero en cu- alquier caso, contienen la fuerza de- moledora de un hechizo. Dilas cuando no debes, y serás la única víctima de la catástrofe que provocan.

Y es que, al contrario de lo que pueda parecer, muy a menudo inducen a sen- timientos de repulsa, por mucho que estén relacionadas con el amor.

¿Qué es lo que tienen que tanto pavor y rechazo provocan?

En vez de que le de alegría a la chica, le empezara a dar temor y luego, ella te empezara a despreciar, ya te tiene a su merced, ya te convertiste en un sumiso, vencido y la chica ya no tendrá interés en ti.

Haz caído bajo, y la chica ahora tiene el poder sobre ti. La chica tratara de no herirte, haz pasado de grata compañía a “para donde corro y me escapo”.

Imagina que una chica, que no te gus- ta, te dijera “te quiero” que pensarías?

Ella te venera, no te deja en paz, rec- lama tu continua atención, incluso se alegra de recibir tus insultos, lamería el suelo tras tus pasos, se humillaría, abandonaría sus quehaceres para post- rarse ante un teléfono a esperar tu llamada, perdido todo dominio y fuerza de voluntad.
Ciertamente, está hechizada. Si era una amiga o una compañera con quien podías charlar relajadamente, ya no.

Ha dejado de serlo. Ahora tendrás que medir las palabras para evitarle sufrir, pues sabes que tú, al no sentir lo mis- mo, eres el único que causa su infelici- dad.

Sin pedirlo, tienes al lado a alguien que se porta como si fuera tu pareja.

Uno no quiere tener a nadie a su car- go; uno no quiere más responsabili- dades que las que la vida le adjudica, y sin embargo, con el “te quiero”, te sientes obligado.

¿Qué le vas a hacer?

Tú no la quieres, sabes cuanto du- ele no ser correspondido y desde tu puesto poderoso, pronto sientes cuánto te cuesta seguir llamándole, cómo te pone los pelos de punta cruzarte en su camino y ver en sus ojos una completo sumisión y una súplica desesperada.

En nuestros genes está grabado a fuego perseguir lo imposible para así salvaguardar la supervivencia de nuestra especie.

Así que, ya lo sabes: si deseas apartar de tu vida a alguien que te es molesto, dile que le quieres. En la mayoría de los casos, servirá para que desaparezca.

Ahora bien, si te lo dice alguien de quién estás enamorado… Subirás al séptimo cielo con más impulso que una nave de la NASA.
La cantinela del “me quiere, me quiere, ¡me quiere!” no cesará de sonar en tu cabeza.

Ambos pelearan por quién se entrega más, quien se sacrifica más para hacer feliz al otro. “No cariño, Yo te quiero más”.
Conclusión: Nunca des lo que no te piden. Si no lo necesitan, no van a querer usarlo.

El ser humano siempre ansía lo difícil de conseguir. Si quieres a alguien y quieres hacerle feliz, no se lo digas. Hay mil maneras de verlo y de com- probarlo antes que oírlo.

El querido se sabe querido sin que se lo digan. El amor se ve, se nota, se siente.

Mejor no lo digas, y si quieres experimentar ese espléndido estado de alborozo hormonal, cruza los dedos para no oírlo, incluso de alguien que te ame en secreto.